Hay noticias que te ponen el corazón en la garganta y te cortan el aliento. Esta es una de ellas. A la vez de heroicidad y de fatalidad: como si el destino quisiera girar la última vuelta de tuerca en la situación para dar a entender que la vida es una enorme boutade, que nada de lo que hagamos va a servir a nadie, y que, por mucho que intentemos resolver los problemas, estos son inherentes a nuestro karma (para utilizar un término familiar en India).

La acción de una niña, Mumpy, roza la heroicidad, pero tambien la estupidez, y en ello tienen mucho que ver tanto las precarias condiciones de vida de la mayoría de las familias en India como la falta de educación de algunos de sus miembros.

No se le ocurrió otra cosa que tomar una drástica decisión para intentar paliar las míseras condiciones  de la penosa existencia de una familia en la que - por tradición - son los varones quienes se encargan del trabajo y la manutención, por lo que aquellas que han tenido la desgracia de pasar por un accidente o una enfermedad duradera lo tienen muy mal para sobrevivir.

Para intentar ayudar a los suyos, que contában con, nada menos, que dos minusvalías: la del padre ciego y la del hermano que necesitaba un riñón para seguir viviendo, la niña, en su inocencia infantil,  no pensó, empujada por las lamentaciones que escuchaba cada hora de cada día de cada més, otra solución que tirar por la vía recta, puesto que la miseria tiene lista de espera larga en un país en que las condiciones de subsistencia están por debajo del umbral de la pobreza. Nunca iban a conseguir su progenitor y su hermano esos ojos y ese riñón que les permitirían sacar adelante la casa y a todos los que en ella vivían. Era una cuestión de prioridades y ella lo entendió así, tal vez  un poco cansada del callejón sin salida a que la vida los había empujado, o quizás consciente de que, de seguir así, no les quedaba a todos otra solución que esperar a la muerte con la resignación que las tradiciones aconsejan en aquellas latitudes.

Una solución muy drástica, demasiado, para una menor que, como tantos otros niños en todo el mundo, han visto desde su mas tierna infancia cerradas todas las puertas para conseguir ser, simplemente, seres humanos, con todas las connotaciones que ello supone.

Casos como el que nos ocupa, que por fortuna ha saltado a los medios de comunicación, se repiten a diario en todo el globo, pero nadie se entera. Los ciudadanos de primera están mas encantados con otras cosas que les hipnotizan las conciencias que con este tipo de sucesos que chirrian en nuestros cerebros del "evitemos lo desagradable a toda costa". Son noticias que nos dan en toda la cara con su inevitabilidad; que nos sacuden hasta el tuétano; que nos humanizan, si la coraza del día a día no nos ha vuelto ya insensibles del todo. No debemos exigir responsabilidades a nadie: ni políticos ni personas, puesto que la culpa de lo que sucede en otros submundos es toda de los habitantes del primero. Completamente. Si la humanidad hubiese querido ¡en serio! que todo el mundo tuviese lo necesario, lo impresncindible para vivir, eso sería hoy una realidad, y nadie debería esconder la cara de verguenza ante la miseria.

Una niña india se suicida para donar sus órganos a su familia

Thomas Castroviejo Durante días, Monica Sakar y su hermana Mumpy oían a los adultos de su casa en el este de India hablar de transplantes. Comentaban que el padre de la familia podría recuperar la vista con unos ojos nuevos, mientras que la vida de su hermano podría salvarse con un transplante de riñón. Por desgracia, no había ningún donante a la vista. La situación era desesperada: en India, una familia en la que los varones están inválidos tiene muchas menos posibilidades de salir adelante. Así que Mumpy ideó un plan: suicidarse para que su familia pudiera aprovechar sus órganos. Se lo confesó a Monica, que debió entender que una idea tan inocente y descabellada solo podía ser una fantasía infantil. Desgraciadamente, eso no detuvo a Mumpy. Días después, la niña de doce años ingirió un pesticida llamado Thiodan. Avisó a su padre de que había soñado que alguien la envenenaba. Consternado, el cabeza de familia la llevó de hospital en hospital. En cada intento, el médico le decía que no podía hacer nada por ella. Y en cada intento, la salud de la niña empeoraba. Al poco, murió. Y esa tragedia, que Mumpy entendió como la solución definitiva para su familia, tiene un giro final todavía más descorazonador. La niña había escrito una nota de suicidio en la que explicaba que sus órganos debían salvar la vista de su padre y la vida de su hermano. La había dejado encima de su cama antes de empezar a rotar por los hospitales de India del Este. Su familia no la encontró hasta que no regresaron del funeral. Para entonces, Mumpy ya había sido cremada siguiendo el rito hindú, y no quedaban órganos que trasplantar. El periódico 'The Times of India' cuenta que su madre entró en estado de shock después de oír la noticia.

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