Puede decirse que su historia está jalonada de triunfos; de gloria; pero también de escándalos: he asistido en alguna ocasión, hace años a las famosas “entradas y salidas” del Liceu, a cuya puerta se agolpaban formando pasillo, estudiantes, obreros y alborotadores variopintos para abuchear a los burgueses - que descendían de sus coches con chofer, opulentamente vestidos y enjoyadas -, a quienes no les quedaba mas remedio que pasar por la tortura de oír de todo en ese fatídico “corredor de la gleba” y, en ocasiones, sufrir la ira de algunos extremistas que la emprendían a huevazos con las emperifolladas damas y los elegantes caballeros. Era una diversión para quienes no podían permitirse el lujo de tener otras más caras. Y, por muchos agentes de policía que había acordonando la zona, los alborotadores siempre se salían con la suya: no olvidemos que los agentes del orden eran también trabajadores con sueldos mas bien exiguos y, por ello, podían permitirse, en ocasiones, mirar hacia otro lado.
Hasta aquí las dos caras de la moneda. Pero hay una tercera, que esa si es digna de abucheo y huevazo: el disfrazar de cultural lo que en torno al Liceu se cuece, cuando todos sabemos que es un negocio; como lo es el fútbol, aunque se le llame deporte; o el cine (en el 90%), aunque se le llame arte.
Después del incendio, con las nuevas infraestructuras, se pretendió darle un aire nuevo de modernidad y acercamiento a la gente corriente que no es mas que otra capa de la cebolla que esconde un núcleo económico: días del espectador, visitas gratuitas(o asequibles) en mañanas festivas, espectáculos “mas baratos” en ocasiones puntuales y siempre fuera de los del circuito internacional reservado a los mas grandes. ¡Por favor!...
Estamos muy de acuerdo en que la ópera debe ser un bien cultural, como lo es una biblioteca o un museo. Pero aquí, donde se está empezando a cobrar hasta por respirar, la ópera y cualquier otro espectáculo que se ofrece al público en el Liceu, no puede ser considerado como tal, entendiendo como bien cultural: “cualquier actividad que, por su característica pedagógica o artística, merezca la gratuidad, para que puedan beneficiarse de ella el mayor número posible de ciudadanos”; en caso contrario sería como si cobrasen a los pequeños por asistir al colegio público, o vender entradas para asistir a la biblioteca; un fraude.
La ópera siempre ha sido elitista en occidente, porque en los países del este y repúblicas suramericanas, desde antiguo, ha estado al alcance de cualquiera como la enseñanza o la medicina: gratuitamente. ¡Ah!, y los number one también han actuado en sus escenarios.
Entonces ¿dónde está el error? En el sistema de financiación a cargo de la iniciativa privada.
Desde tiempo inmemorial ha habido un grupo de adinerados socios que decidió invertir su capital en algo que daba prestigio, solera, y pátina “cultural”, aunque alguno de ellos era mas zote que una estaca: era como comprar la garantía de bonhomía y cultura, aunque no se supiera hacer la o con un canuto y los bienes personales se hubieran conseguido de forma poco transparente. Los abonos garantizaban la buena marcha del negocio, y el poseer un palco era sinónimo de prestigio social al alcance de cualquiera con unos cuantos millones que, de otra forma, nunca hubiera podido acceder a ese estatus. Como las acciones eran hereditarias, pasaron de padres a hijos sin que éstos últimos- salvo honrosas excepciones – tuvieran la mas remota idea de nada que no fuese el negocio en sí. Las contrataciones las ha gestionado personal debidamente cualificado, por ello los socios no deben preocuparse nada mas que de cobrar cada cuanto los dividendos por su inversión; así todos tan contentos... menos el pueblo llano que no puede permitirse un lujo como ese, cuando nos lo pretenden colar como “bastión cultural” de Catalunya.
Lo mas curioso es que, bastantes de los que asisten a sus veladas, no disfrutan ni una millonésima parte que los estudiantes de música, o musicólogos aficionados, para quienes está vedado el asistir mas allá de unas pocas veces durante la temporada.
Dios sigue dando pan a quien no tiene dientes.

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